A que voy yo y lo encuentro
Amparo fue la cuidadora de Ángela, una anciana que está ahora en una residencia. Alba, que llegó hace un par de días a la ciudad, no ha ido a visitar a su madre, con la que lleva años sin hablarse. Alba ha venido a casa de Ángela a recoger las últimas cosas, ya que el piso está a la venta. Amparo está allí para revisar los discos, porque quiere grabar una lista de canciones. Dice la doctora que esto podrá ayudar a Ángela a mantener viva su memoria. Alba, que se dedica a la música indie y que se mueve en prestigiosos circuitos y festivales internacionales, desprecia el tipo de canciones que le gustan a su madre. Ésta, por su parte, piensa que la música indie no son más que temas absurdos, banales y machacones, solo aptos para las orejas más incultas de las últimas décadas, que, por otra parte, se cuentan por millones, ya que todas las canciones de su lista son grandes éxitos comerciales.
“A que voy yo y lo encuentro” explora la relación madre e hija, y viceversa, tan intensa, tan compleja, tan imprescindible, tan plagada de frustraciones proyectadas, de renuncias personales, de competencia mutua, de orgullo pleno, de exigencias imposibles, de generosidad extrema, de vampirismo, de intromisión, de auxilio, de manipulación, de amor…, en definitiva, de emociones fronterizas. Pero si además la situamos en nuestro país y en nuestro presente, cuando y donde la mujer, en poquísimos años, ha dado un salto abismal para plantar los pies en un lugar tan distinto en la sociedad y en la familia, las aristas se afilan, cortan, hasta sangran. Y es que no solo del amor romántico se alimenta la mujer. Hay otros amores que también arropan, duelen y forjan, y son dignos de revisar, de escudriñar, una y mil veces.
Varias piezas cortas, salpicadas de otras más breves, algunas minúsculas, y evocadoras canciones, que parece que nos traen y nos llevan, pero que en realidad nos pierden, en esta obra para dos actrices y dos músicos.