El psiquiatra Martin Dysart recibe el encargo más difícil de su carrera profesional: deberá tratar a un joven que ha cometido un acto de una brutalidad atroz. El chico, Alan Strang, ha sido detenido por haberles sacado los ojos con un punzón a la media docena de caballos a los que cuidaba en un establo. A partir de aquí comienza una investigación detectivesca de tintes psicoanalíticos en la que el psiquiatra deberá averiguar qué llevó a un joven de buena familia, que jamás había dado un problema, a cometer semejante acto. Siguiendo las reglas del thriller psicológico el psiquiatra va indagando en la vida del muchacho, mientras lucha también con sus propios demonios.
Hoy, cuando se conmemoran cincuenta años desde que Peter Shaffer escribiera su obra maestra, “Equus” (1973) sigue siendo un título tan perturbador y tan valiente como lo fue hace medio siglo, una aventura que invita al público a adentrarse en el más complejo laberinto de la creación: el de la mente humana. La obra es una dura reflexión sobre los patrones que dirigen nuestra conducta, en una sociedad materialista donde los temores ante nuestro desvalimiento en mitad de un universo que no entendemos se combaten con el fanatismo, y nos enfrenta a nuestros propios miedos, que nos conducen a una vida cegada por la rutina y las convenciones sociales, en la que no queda espacio para la pasión. Es, en definitiva, un canto a la libertad y, a sensu contrario, una denuncia sobre cómo la sublimación de esos instintos naturales nos puede llevar a la atrocidad y la locura. Un texto apasionante que obliga a los actores a unas interpretaciones al límite y que mantendrá al espectador pegado a su butaca hasta el sorprendente desenlace final.