El personaje nació en un ambiente donde Vetusta (la ciudad de Leopoldo Alas “Clarín” donde este personificó la decadente sociedad de Oviedo, conservadora, pero con “aires señoriales y de elegancia majestuosa”) vuelve a ser la protagonista.
Allí se traslada el director, Emilio Ruiz Barrachina, a traernos, en este momento, esa sociedad en la que nos preguntamos si algo ha cambiado. El sujeto central, magníficamente interpretado y sufrido por Enrique Simón, llama a una puerta a las diez de la noche en punto. Y con ese toque del romanticismo, nos deja la duda si lo sucedido fue cierto, o lo real fue imaginado o la pasión fue ficticia. Sí, romanticismo, cementerios donde los espíritus de los padres siguen discutiendo, donde un nazareno de semana santa carga su cruz por toda la ciudad y, no aguantando más, le pasa el testigo a la estatua casi humana de Woody Allen. Pero también hay otros fantasmas. La hiératica mujer del martillo en el bolso, la histriónica actriz de la pelambrera imposible, los monigotes bailando en una fiesta de muecas y el poco entendimiento entre ellos. O la marquesa venida a menos, pero que mantiene las apariencias, soberbia ironía del más casposo aburguesamiento.
También está la muerte en su corcel blanco que pasa de largo porque al protagonista no le ha llegado su momento. Los días se rompen en rutinas y diálogos entre absurdos y repetitivos o cargados de tristeza, porque la libertad siempre es triste. Aquí nadie gana la batalla de la vida. Nadie duerme, Nessun Dorma, de Puccini, aunque lo que está siempre presente es Chopin y su Tristesse. El piano nos abraza desde el sonido para alcanzar los silencios de los personajes.
El cine es la excusa para mostrarnos la cuna de Oviedo. Y los cuentos de Palacio Valdés o el propio Clarín, las bofetadas calladas de la soledad, la hora de dormir porque no hay nada mejor que hacer.
Los personajes de la película quieren reinventarse pero, excepto Juan, Enrique Simón que llena la pantalla con su presencia, parecen no tener corazón, son como autómatas en un mundo que no se cuestionan porque se conforman con su triste parte.
Están cargados de maquillaje aunque no hayan cogido un pintalabios. Son la esencia misma de una lluvia que ni siquiera cae, porque los tonos grises y apagados ya son suficientes. Es una ciudad abandonada y solitaria, cuyos lamentos están en las estatuas, y la belleza en la tristeza que predomina sobre el protagonista, aunque se ponga una nariz roja de payaso.
La ciudad te mira pasar. De alguna manera nos hemos convertido en su mirada, nosotros somos el decorado, el paisaje, y las calles, satisfechas, nos ceden el paso.
No es una película fácil. Y Ruiz Barrachina lo sabe. Es crítica, es solitaria, es irónica, es desconcertante y cargada de símbolos. Es Tristesse con un deje de sarcasmo. Es salvajemente delicada.