No es el juego de los espejos, ni el verse repetido. Es el fondo oscuro en una claridad que ciega, o viceversa. Es la celebración de un cumpleaños para meterse en una bañera. En el espejo, en los escaparates, en las ventanas, en los “selfies”, en los vídeos pasados y futuros, en el agua no tan cristalina del lago del retiro, en la retina del interlocutor que tenemos enfrente… nos vemos repetidos. Nos reflejamos más o menos nítidos. Pero, ¿somos realmente nosotros mismos?
Nos condiciona el camino que llevamos recorrido. Nos fijamos un cometido. ¿Y si no lo conseguimos? ¿Y si todo es espuma, solo rastros de lo que ha sucedido?
La fuerza está en lo que queremos, hasta que llegan otros y nos desbaratan todos los planes. Y nos hacen dudar y ya no sabemos si somos nosotros mismos o lo que otros quieren que seamos. Y no vale decir, a las pruebas me remito. Porque no hay nada seguro, todo es ficticio. Nada tangible, todo pende de un hilo. Todos somos todos y nadie es solo uno.
Ion Iraizoz nos plantea algo más que un monólogo al uso. En su espectáculo hay soliloquio con todos y diálogo con uno mismo. Hay vodevil y cinematografía, hay voz en off de radio y de conciencia. Hay magia y realidad, canción sin música, papel en blanco esperando ser escrito. Hay sueños imposibles y resultados impredecibles. Duelo sin quebranto, un tenedor en el ombligo, hay búsqueda y participación no premeditada del público.
Vamos cambiando en función de lo vivido. Y el intérprete y director, junto con Gloria March y Juan Paños, nos ofrece un espectáculo vivo, directo, con la falsa (o verdadera) ceremonia que siempre supone un guion distinto.
Todo lo que se ha escrito puede aparecer cuarenta años después, y no cambiar nada, o hacer que lo veamos con el prisma de lo que ya sabíamos y no habíamos sido conscientes de haberlo aprendido.
Lo que sí sacamos en claro es que los “iones” nunca son neutros. Ion Iraizoz se ioniza para no ser humanamente neutro, se convierte en catión positivo, se viene hacia abajo como un anión, pero sin ser negativo. Y, si es necesario, enseñará un huevo, pero nunca siendo inoportuno.
Beautiful stranger, que es el título de una canción, hermosos desconocidos, dos pies izquierdos, múltiples rostros, nos preguntamos si queremos quedar con nosotros mismos. Somos extraños, hermosos, maravillosos, distintos, pintorescos,… cada vez de una forma, pero siempre los mismos.