No estamos preparados para la
muerte. Siempre nos viene muy mal
morirnos. Siempre hay cien mil cosas que hacer.
Y cuando eso sucede, ¡qué lata!
Para los que se quedan, claro. Que si herencias, que si ausencias, que si
echarse de menos, que si desmantelar las casas, que si nos has dejado solos,
que si el muerto al hoyo y el vivo al bollo.
En Adiós Arturo, lo bueno que
tiene, es que la vida está muy presente. Es un funeral. Y nos sorprende. No hay
luto. Solo el de la familia estrambótica que todos van a lo que quieren. Lo
demás, es un homenaje a ese personaje de cien años que se hizo querer, porque
fue sorprendente.
Vienen a darle su Adiós de todas partes del mundo. Mandatarios
y jeques. Pobres y ricos, asociaciones y toda clase de gente. Era un
filántropo, un espécimen diferente.
Como no hay funeraria que quiera
hacerse cargo de un velatorio con música y canciones, con chistes y bailes, con
personajes e intérpretes, se lo tienen que encargar a La Cubana, que lo mismo montan que desmontan, que son
sorprendentes, que cantan bien, que bailan, que se transforman en un
periquete.
Y el público, totalmente
interviniente. Esperamos recibir la herencia con grandes alicientes. El del
humor, el del ritmo, el del colorido en los vestuarios, el de la originalidad
en el guion, el de teatro, el de la vida alegre.
Desde la entrada de la calle, los
miembros de La Cubana hacen que nos
sintamos en un velatorio diferente. Nos ofrecen pastas, nos ofrecen trajes, nos
ofrecen ser otros y plantearnos la vida
y la muerte intensamente.
Siendo solamente diez
intérpretes, representan al menos, cienes. Son sopranos, transformistas,
notarios, stripper, bailarines, mimos, vecinos, parientes, y toda clase de
gentes.
Jordi Milán dirige esta bendita locura de muerte. Y se divierten y
nos lo hacen pasar a nosotros de rechupete, Nuria Benet, Jaume Baucis, Montse Amat, Toni Torres, Toni Sans,… un
elenco de sobresaliente.
Vayan ustedes a dar su último adiós a Arturo Cirera, porque
se lo merece.