Condicionados desde pequeños. La imagen, los estereotipos, las normas dadas por no se sabe quién. El azul para los niños, el rosa para las niñas. El muñeco negro es el feo, el blanco el bonito. El sistema que produce y consume, aceptar lo que nos imponen como modelo.
Renata tiene que abrir los resultados de una prueba médica que le hace plantearse su modus vivendi. La filosofía de la vida. Pero, a lo mejor, no lo acepta. A lo peor, no quiere saberlo. A lo mejor no le interesa saberlo. A lo peor, ni siquiera cree en ello.
Es cuando nos habla desde dos planos distintos. Desde los recuerdos, desde la historia vivida y desde el pensamiento. También desde el sentimiento. Ayer y hoy. Lo que fue y pudo haber sido. Lo que es y no se conforma. Yo decido, dice. Y nos habla de amor, de sexo, de muerte.
Esos tres conceptos que presiden nuestras vidas con más o menos acierto. Con más o menos criterio. Con más o menos fortuna.
En medio de todo ello, la ley, el orden, lo correcto. Los principios que no tienen final, el poder. La libertad de decidir, el bien y el mal, la familia, los secretos, los silencios.
Acabaremos perdiendo, todos lo sabemos. Pero, entretanto, necesitamos síes, reafirmarnos con nosotros mismos, no dejar que nos manipulen, mitos caseros.
Renata, Marina Skell, nos habla haciéndonos cómplices de sus pensamientos. Nos plantea muchos frentes abiertos. La eutanasia, el abuso de poder, la libertad de sexo. Lo que esperamos sin pedir nada cambio o, al contrario, buscando un beneficio propio, poder elegir, sentirnos satisfechos.
Carlos de Matteis dirige y escribe este monólogo cargado de densas ideas, planteando las contradicciones de todo ser humano y en esta ocasión de una mujer que no se conforma, que quiere decidir por sí misma, elegir, aunque no haya un sentido común, aunque no sea estéticamente bello, aunque se rompan vínculos, aunque nos tilden de poco pragmáticos.
Yo decido, aunque luego me equivoque, que no me quiten eso.