Las dificultades de la vida cotidiana pueden resultar fatídicas si te las tomas a la tremenda. De hecho, es tremendo afrontar las dificultades de forma fatídica y continuar con una vida cotidiana. Aunque si haces una vida cotidiana te encontrarás con tremendas dificultades que solo podrás resolver fatídicamente.
Es decir, que
como Berto Romero hace,
hay que ser realistas viendo las dificultades de la vida cotidiana: hijos, madres, abuelas, ejercicio físico, límites, ventajas y defectos corporales, exageraciones prominentes del cuerpo y la mente, el amor normal, discusiones con los amigos, las acciones y los pensamientos cuando eres un niño,...
y las afronta con sus propias imperfecciones (y virtudes) para reírse de lo fatídico de las situaciones y hacer escarnio cómico de la fragilidad humana.
Y lo hace muy bien.
Protesta por todo, pero nos hace gracia. Y no se lo toma a mal, (el que nos riamos), porque, aunque disimula, es inteligente y lo analiza desde un punto de vista transgresor, mal encarado, valiente, satírico, amoral, vital,... para superar las nimiedades, tonterías y sandeces de esta sociedad tan amoldada a clichés aparentemente educados. Y, a veces, lo hace cantando, ( que lo hace muy bien, el "jodío"), o se dirige directamente al público, pero no para empatizar, sino para encizañar sutilmente y que despertemos, que parece que estamos dormidos. Y nos cuenta sus expriencias como un ser común y corriente pero único en su especie, sin un sentido ético que le condicione, porque no busca corregir malas costumbres sino hacernos ver la cantidad de veces que podemos hacer el ridículo.
Berto Romero forma parte de una casta, aunque suene mal el decirlo.
Una casta ancestral y gloriosa.
La casta de Aristófanes, el principal exponente del drama satírico; de la casta
de Plauto, con sus obscenidades y gran variedad de registros; de la casta
de Molière, crítico de la hipocresía;
de Quevedo, como exhibidor de ingenio; de la casta
de Cyrano, por aquello del parecido nasal y ese gran "rap" referido a su protuberancia y las diversas formas de llamarla; de la casta
de Charles Chaplin, aunque este no hable, burla burlando; de la
de Gila, como pionero de los monólogos de humor;
de la de Pepe Rubianes, por no tener pelos en la lengua;
y de casta le viene al galgo, porque no le gustan los perros pequeños.
Hemos ganado con la huida de Berto de su casa, parientes y amigos a nuestras tierras en estas fechas.
No va a estar por mucho tiempo. Pero tenemos que hacerle sentir a gusto, como él lo consigue a risa limpia con los espectadores, para que vuelva pronto y siga con nosotros.
Que vuelva pronto y nos cuente si ya por fin ha madurado del todo, si el éxito sigue sin subírsele a la cabeza y si su familia también le ríe las gracias. Gracias, Berto.