Eso es lo que
nos encontramos hoy en el teatro Fígaro.
Una pieza teatral de texto, perfectamente trazada, magistralmente interpretada, un único plano secuencia que nos lleva indefectiblemente a un drama psicológico, a una teoría sobre el crimen perfecto y la superioridad intelectual de ciertos individuos sobre otros y que creen pueden permitirse decidir sobre las reacciones y la vida de los demás. También hay, veladamente, un tema de homosexualidad, así como de celos profesionales, de sumisión, de admiración, de menosprecios.
Jesús Martínez Caro realiza una adaptación abierta en el espacio, con unos personajes cercanos a nuestros días y a nuestra sociedad que mantiene la intriga que pretendía Hitchcock haciendo partícipes a los espectadores que solo esperan ver cómo resuelve el caso el inteligente profesor.
Nina Reglero juega muy bien con el ritmo de la obra. No tiene prisa porque los acontecimientos vayan desenmascarando a los protagonistas homicidas, es consecuente con las acciones y los temores de cada uno de los personajes. Los contiene, los valora, los cuida, e
incluso hace humano al que parece más frío y distante, Brandon, interpretado por Kiko Gutiérrez, sobrio y retador, manipulador y con carisma suficiente, consigue que las miradas se fijen en él aunque no intervenga, estamos pendientes de sus reacciones. Eso es ser un buen actor. Destacar también al sufrido y menos fuerte Phillip, que encarna de forma muy verosímil Markos Marín, al que vemos arrepentirse y desmoronarse por momentos, al que se le va cerrando la soga al cuello y haciendo que sintamos cierta piedad por él. El resto de los actores, Mariano Venancio, Inge Martín, Aníbal Soto y Julián Teurlais cumplen con las expectativas y están a la altura de este buen montaje que se desarrolla en un tiempo que se nos pasa volando, abstraídos como estamos en esperar que la mencionada soga se cierna sobre un desenlace que imaginamos o, simplemente, recordamos.