Y Eusebio Calonge del grupo La Zaranda, Teatro Inestable de Ninguna Parte, como todos los teatreros, bucea en documentos de Carlos Morla y nos presenta un testimonio abrasador pero poético, intenso, emocionado, duro, gritado en susurros de guerra y miedo. Y Paco, de la Zaranda, nos lo sirve con una sensibilidad exquisita, sin escatimar silencios, miradas, rostros congelados, horror, miedo, pasión, ritmo, soledad, muerte, frío, negrura, recuerdos, música de piano, lluvia de papeles, mantas de refugiados, lamentos, despedidas, locura, rezos, palabras de desaliento, todo y nada al mismo tiempo.
Y los actores son humanos. Cadáveres. Sentimiento. Miradas perdidas. Cuerpos desperdigados. Incertidumbre. Coro de voces de ultratumba, llanto callado.
El corazón entre ortigas, teatro y poesía. Poesía y teatro como quería Lorca. Porque “el teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana”. Y humana es la sangre que se derrama aunque no se vea, humana la historia que no hay que olvidar y que La Zaranda nos recuerda, humana la interpretación sobrecogedora de esta compañía conjuntada que en su empeño no ceja, humana la llamada al arte, al buen hacer, al sentimiento desbordado que nos representan. Humana la figura de Carlos Morla Lynch. Humana La Zaranda. Humana la sala en la que lo representan, Teatro Tribueñe, en su línea de sensibilización de unir ambas (iba a decir disciplinas, pero son emociones), poesía y teatro que se funden y se materializan.