Cuando les explico a mis alumnos
en clase de literatura los diferentes elementos del teatro, lo que es, (qué
difícil es contar eso), los orígenes, las diferencias entre texto teatral,
teatro como espectáculo o teatro como edificio o institución,… también tengo
que hablarles de los monólogos. ¿Qué es
un monólogo?
Comienzo indicando que dentro de
una pieza teatral, un personaje queda solo en escena y en voz alta cuenta sus
cuitas al público o medita para que todos se enteren, las cosas que les pasan.
Ese monólogo puede ser, lógicamente, cómico o dramático, directo, sutil,
absurdo o coherente, emocional, poético, o vaya usted a saber. También les
menciono que como tal el monólogo ha surgido con entidad propia, pasando a ser
un subgénero teatral en sí mismo, con un actor/actriz representando un
personaje que nos relata su historia en los mismos términos. Puede tener una
duración habitual de un espectáculo teatral de cualquier género. Y, por último,
les hago partícipes de los intérpretes que durante diez, quince minutos, media
hora,… nos van haciendo sonreír o reír a carcajadas con situaciones más o menos
cotidianas, normalmente donde ellos/as han sido protagonistas, pero
aprovechando para exagerar, contar chistes nuevos y viejos, satirizar sobre
comportamientos sociales y colectivos,… donde en más de una ocasión nos vemos
reflejados, porque hemos vivido o experimentado situaciones parecidas y,
además, nos gusta que sean hiperbólicas y absurdas porque lo visualizamos y nos
lo imaginamos como... cada uno quiere a su manera. Y estalla la carcajada.
Pues bien, en El club de los tarados, que bien podría ser el de los locos, los orates, los cuchufletas, los torpes, los despistados, los desgraciados, los chistosos, los caraduras, los tarambanas, los zascandiles, los insensatos, los irresponsables, los botarates,… y mil sinónimos más, se nos presentan tres. Tres que nos cuentan sus vicisitudes y quimeras. Tres, solo tres, como las hijas de Elena, que no sé quién era.
Con Pedro Llamas, de Madrid, chuleta, con chispa, con formalidad
fingida, con aspecto de ser de buena familia escogida pero que a él siempre le
dejan aparte, con locuacidad, algo de descaro, desenfadado, desenvuelto y sin
embarazo, que aún no se ha dado el caso de un hombre en cinta que no sea la de
correr, porque Pedro juega con las palabras, con cotidianeidad desmedida y
desincronizada de la realidad perfecta.
Con Nerea Garmendia, vasca para más señas, aunque puede ser de donde
quiera. Con muchas camisetas que definen lo que es y ninguna era buena, como
las hijas de Elena. Ella se muestra dicharachera, sorda, verborreica, de
palique con Quique o con quien sea, que le gusta la cháchara y el sexo que no
practica, según ella. Su humor es de pura esencia.
Con Bianca Kovacs, rumana por necesidad y ancestral parentela. Enfadada
y divertida, pero sin pelos en la lengua, oscurantista y con ganas de pelea.
Provocadora, riéndose de sí misma, pero sobre todo de lo que su inmigración
representa. Pacífica, a pesar de tanta incomprensión y tanta supervivencia.
Inquieta, airada, irascible, pero que las tiene bien puestas, sacando todo su
humorismo con desbravada lengua.
Los tres formarán este club en el
que no tienen cabida las quejas y sí las risas desmadradas sin fronteras.