Las tres actrices de "El Manual de la buena esposa", Berta Ojea, Mariola Fuentes y Concha Delgado, comienzan jugando con una casa de muñecas.
En sus canciones nos hacen revivir aquellos deseos impuestos por la moral de entonces (un entonces no muy lejano) y el bien saber estar preguntándose si serán monjas, esposas o viudas, sin plantearse que para ser viuda primero había que ser esposa y cuando se era esposa se convertían en un poco monjas
Ese es el inicio.
Después vendrán otras historias ligadas entre sí por la sumisión, el recato, las buenas formas, el pecado, el remordimiento, el sexo reprimido, la conciencia religiosa, las tareas del hogar, la falta de cultura, las normas de la España franquista,…
Al ser una
obra hilvanada con textos de diferentes autores hay historias con más enjundia y otras un poco más livianas. Pero todas ellas tienen un zurcido impecable. En una de ellas (¿por qué no poner el título de cada una y su autor correspondiente en el programa?) una folclórica se atreve a enfrentarse a sus posibles contratadores o patrocinadores y se niega a cantar lo que le imponen (clara referencia al
“Ay, Carmela” de José Sanchís Sinisterra que todavía se representa con gran éxito) y ahí comienza la reivindicación de esas mujeres lastradas por el peso del marido, la sociedad, la censura y el qué dirán.
Todo nos lo intentan contar con humor. Un humor que, en su momento, debía dar miedo. Produce risa hoy pero no ayer. Y no debía ser gracioso. Y, sin embargo, ellas, las mujeres, nunca perdieron la sonrisa. Eso es lo que consiguen con esta puesta en escena: que no perdamos la sonrisa amarga, porque no hay nostalgia, hay crítica, no hay jolgorio desmedido, hay realidad cruda, no hay transgresiones, hay libertad reprimida.