Estamos sometidos a exámenes
constantemente. Para cualquier cosa se nos pide, o pedimos, un examen, una
prueba que ha de determinar si somos apropiados para lo que estamos buscando o
nos consideran capacitados suficientemente para ello.
Exámenes en el colegio y en el
instituto, por supuesto. (Aún no hemos acabado con eso). Exámenes para
autorizarnos a conducir por la vía pública, para entrar en la universidad, para
hacer un curso especializado, para solicitar un préstamo, para participar en un
concurso, residir en un sitio distinto al nuestro, para acceder a un puesto de
trabajo.
Y ahí está la sagacidad del
examinado y lo que propone el examinando. Hacen falta técnicas. Técnicas de
persuasión, de fingimiento, de expresividad oral y escrita, de resolución de
problemas, de supervivencia e, incluso, de carácter emocional y personal.
En El Método Grönholm, Jordi Galcerán ya nos planteaba, con toques de humor, afortunadamente, este proceso que puede llegar a humillar a las personas, que puede hacer sacar lo peor de cada individuo y que puede hacer sentir que no somos lo que somos, sino lo que parecemos. Se acaba convirtiendo en una peligrosa trampa de engaños y sinceridades, de juego y riesgo, de zancadillas y ayudas en extremo.
Como no podía ser menos, la sala donde
los candidatos deben pasar la prueba, la entrevista colectiva, el escenario
adecuado, es aséptico. Impersonal, neutro. Ni siquiera habrá voces en off, todo
será mimético y callado, cuidadosamente estudiado.
Tamzin Townsend, que dirige la obra, lo hace, en cambio, al
contrario. Cierto es que está todo medido, pero se nota que trata a sus
intérpretes con el mimo adecuado. Que les permite desarrollar sus falsos
personajes de forma humana, cercana, cariñosa, para sacar de ellos lo mejor de
su fuero interno.
Los cuatro están espléndidos. Luis Merlo, que mantendrá el tipo hasta
casi el final, fingiendo y luchando por un puesto que cree le debe pertenecer
por derecho. Va creciendo al tiempo que su personaje se va derrumbando. Marta Belenguer, que sacará también
fuerzas de flaqueza y tendrá una trayectoria inversa a su compañero, (hablo de
personajes, que conste), mantendrá el tipo y, como en la sociedad actual, por
el hecho de ser mujer vea menoscabada su capacidad profesional, ¿hasta cuándo
esto? Jorge Bosch, el más
campechano, desvalido y sincero, y Vicente
Romero, los nervios, la necesidad, el personaje incierto.
Todos nos hacen pasar dos horas
de inseguridad y desconcierto, intentando, como ellos, averiguar quién miente,
quién tiene más posibilidades, quién es más intrépido, con menos escrúpulos, a
quién le daríamos nosotros el puesto.
Pero como somos humanos y, por
tanto, impredecibles, el autor dará un giro al texto. Y nos sorprenderá con un
golpe de efecto.
Lo que sí tenemos claro es que,
nosotros, como seleccionadores de un buen montaje de teatro, este debe ser uno
de ellos.