La representación comienza. Estamos en nuestra época. Jóvenes ejecutivos salen por la puerta de emergencia de una discoteca. Celebran una fiesta. Pero uno de ellos no está contento. Más bien despotrica de las personas, de la humanidad, de su falta de sinceridad, de los intereses materiales que los motivan. Su lenguaje es culto, sus maneras exquisitas, su proceder contenido, aunque estén bebiendo. Sus nombres no cuadran con los momentos actuales, pero eso es lo de menos. Todo esto hace que nos olvidemos que estemos viendo un Molière, pero es un Molière sin encajes, sin pelucas, sin medias, sin verso.
En escena hay un misántropo de carne y hueso de nuestros días, un "amargao", un "depre", un "yuppie" insatisfecho. Pero no se preocupen, no les voy a contar el argumento. A partir de ahí empieza a desenrrollarse la madeja, al mismo tiempo que la tela de araña va creciendo, del mismo modo que podríamos apreciar los hilos de los muñecos o marotes que ellos mismos (los personajes) intentan manejar.
Y el director y autor de la versión, Miguel del Arco (¿o es el propio Jean-Baptiste Poquelin?),
nos empieza a enseñar una sociedad de alimañas, de hienas, de cuervos, de juegos de seducción, de falsedades obvias pero aceptadas; un mundo de engaños, de zancadillas, de egoísmo, de conquistas, de frágiles amores, de soledades, de triunfos y de derrotas. Unas relaciones pasionales sin sentimientos, unas conductas veleidosas, unas tramas de corrupciones, redes sociales que nos atrapan sin saber exactamente cuál es el perfil auténtico de cada uno.