Podría ser un cuento. Un cuento
de hortalizas, flores y verduras. De muñecos autómatas y personas distintas.
Podría ser un canto a la
diversidad, a lo peculiar, a lo sorprendente, con convencionalismos
costumbritas.
Podría ser un juego de dimes y
diretes, de absurdos encadenados, de copla folclórica, de verdades y mentiras.
Podría ser un universo nuevo, una
forma nueva de afrontar adversidades, de aceptar las cosas como vienen, de
enfrentarse a la sociedad que solo se ajusta a ciertas normas expeditas.
Y es todo eso y más. Y es menos y
es una función teatral divertida, y es surrealismo y ruralidad, y es conciencia
compartida.
El ombligo de la reina. El texto y dirección, que es de Celia Morán, que se suelta la coleta, que se quita los zapatos, que se viste colores, que canta y baila, que se inventa un amigo invisible y nos lo cuenta a otros amigos invisibles, que instiga a que se acepte lo que no se considera “normal” aunque de primeras no se veía, que nos alecciona diciendo que los autómatas puede que sean otros, que se traba porque teme no ser comprendida, pero ocurre que la comunicación es de ida y vuelta y aceptamos sus ironías, nos reímos de sus salidas, nos sorprende con su valentía. Y nos retrotrae a Valle y sus esperpentos, a Ionesco, a Beckett, pero también a Fernando Arrabal, a Nieva, a Gómez de la Serna, a mi tía la del pueblo, que también escribía (esto es broma, pero pegaba).
El elenco, también en su medida. Divertidos,
comprometidos, sentidos, un poco idos, que es lo que requiere este montaje de
gran sabiduría.