Estuve viendo en una de estas salas, la Tarambana, una comedia fresca y vibrante, ágil y divertida, profesional cien por cien, excelentemente interpretada y perfectamente dirigida. Bienvenido Sr. De la Fuá, de Salvador Leal, con tres actrices impresionantes, Sara Párbole, Marina Muñoz y Eva Bedmar, y un director, Nacho Bonacho, que consigue imprimir ritmo, seguridad, divertimento, cariño, por partes iguales. Ayer, martes 27 de mayo era el estreno. La sala estaba a rebosar. No se veían rostros mediáticos, pero si caras alegres, conocidos, amigos, buenos deseos, ganas de disfrutar del teatro. Y lo consiguieron. Y espero que en las sucesivas representaciones tengan el mismo éxito y la misma entrega del público. Porque se lo merecen, porque es necesario dar a conocer estas otras manifestaciones teatrales tan importantes como las "famosas". Porque es el teatro base, es el teatro nuestro de todos los días, es el teatro de andar por casa, pero con la misma dignidad de las grandes producciones.
Como habría que cuidar el teatro escolar, el que hacen niños, jóvenes, aficionados, el que se hace en centros culturales, el que se gesta con pequeños grupos de amigos.
Hoy hablaba con una antigua alumna mía y actriz incipiente del teatro, que luego ha guiado sus pasos hacia el periodismo y los reportajes de actualidad. Y me contaba que echaba de menos esos montajes donde se trabajaba la interpretación, afrontaban un personaje ante un público, se aprendía de una forma amena pero no menos rigurosa.
Hay que alentar el teatro desde pequeños, hay que creer en los teatros pequeños, hay que acudir, también, a los teatros pequeños.
Yo venía a hablar de una obra y he hecho un panegírico de una forma alternativa del teatro. Seguro que tienen uno cerca. Acudan a él. Suelen tener programaciones excepcionales. Vayan al teatro. No esperen con falsas ilusiones un Mr. Marshall o Sr. De La Fuá que les saque de su anonimato; griten si quieren en un estadio de fútbol, pero
no dejen de emocionarse y divertirse ante una actuación entrañable; háganle frente a las hermanastras de la Cenicienta con sus oropeles y afectación estudiada o a las preciosas ridículas que quieren aparentar una forma de ser que no va con ellas y conviértanse en protagonistas de su vida cotidiana.
También siendo espectador se transforma uno en personaje.