Gorsy Edú es el ejecutor de tamaña delicadeza. Un regalo para los sentidos.
Nada más empezar el sonido de los tambores nos traslada a un mundo nuevo. Un mundo que nos irá enseñando Gorsy y del que nos dará de beber, de comer, que nos hará cantar e incluso casi hablar en un idioma desconocido.
Gorsy nos habla de su abuelo, y él es su abuelo. Y los niños de su aldea. Y su madre. Y cuidará con mimo y tacto los instrumentos de percusión que forman parte de su historia. Y esos instrumentos hablan, y nos traen sus recuerdos, y viajamos en la distancia y en el tiempo.
El percusionista es un espectáculo sin sombras, como un cuadro de luz, como la sonrisa de un niño que aprende a vivir en las tradiciones y quiere hacer algo grande, algo bueno, algo terminado en ante, como un elefante, como reconfortante, altamente emocionante,…
Todo suena. Todo es ritmo. Todo música y poesía. Colores sin fronteras. Pájaros que trinan. El viento. Y somos nosotros imbuidos por el espíritu de la palabra y el sonido de la percusión, y la voz de Gorsy y la nuestra propia. Y comprendemos que hay música en el agua y en la lluvia, en las tormentas, en los pasos, en la cárcel, en el tiempo que pasa para un niño y para un anciano de la misma forma pero de distinta manera.
Y Gorsy nos lee cartas que están vivas y nos tiene totalmente hechizados. Espectáculo elegante, impresionante, apasionante,… no dejen de sentirlo, porque no se ve, se vive y lo hacemos nuestro.
Lo vi en el Teatro del Arte, búsquenlo, porque saldrán pletóricos de sentimientos.