Por parte del propio Teodoro que se desespera y se atreve a llamar perro que come ni deja comer a su propia protectora. Por parte de Marcela, la gran perjudicada de este conflicto de intereses. Por parte de los pretendientes de Diana, el marqués Ricardo y el Conde Federico, pusilámines que solo buscan su propio beneficio. Por parte de Tristán, el lacayo de Teodoro, uno de los mejores graciosos de Lope de Vega, perspicaz, ingenioso, y que será el que finalmente se lleve el gato al agua y ponga a cada uno en su sitio.
Impecable puesta en escena. Laurence Boswell y Rafael Díez-Labín consiguen una sobria dirección de actores y un conjunto bien medido, con ritmo y rigurosidad. Hasta en la escenografía, sencilla y funcional, los tapices que Lope de Vega menciona cumplen su misión de espías, de entradas y salidas, de testigos de la trama:
"Mira lo que haces y dices, que en palacio los tapices, han hablado algunas veces".
Los actores de la Fundación Siglo de Oro ejecutan con maestría los cambios de humor y las equivocaciones, se les ve cómodos y a gusto, y dicen bien el verso, haciéndolo asequible a nuestros oídos contemporáneos. Este perro sí se deja comer y nos come.