Antes está la nobleza, antes están los principios, antes está la constancia en las creencias. Ahora hay que apencar con las consecuencias. Y el protagonista, El príncipe constante, es noble, de buenos sentimientos, con unos principios inamovibles, no le tienta renunciar a su esclavitud, porque de esa forma se siente libre. Después mantendrá, sin mover un solo dedo, a raya a su enemigo, que no ve forma de vengarse de él y conseguir lo que persigue.
El empeño, la constancia, está en
esa filosofía de vida, en ese arraigo humano de no dar tregua a quien te tiene
preso, porque se puede encarcelar el cuerpo, pero no la mente ni las ideas ni
los sentimientos.
La vida es un destino que cambia
de rumbo a menudo, un trayecto de dudas y arrepentimientos, un recorrido por
unos inalcanzables sueños. Pero este príncipe constante no deja marchitarse su
esperanza, ni su ilusión, ni sus deseos, aunque tenga los grilletes puestos.
Su principal antagonista no
dejará de hacerse preguntas, cada vez tensará más la soga que lo ahogue, pero
cada vez estará más condenado al ostracismo, mientras el príncipe constante
crece en ante las torturas, las vejaciones, y un cautiverio sin fin.
Xavier Albertí nos enseña casi una foto fija. Un cuadro estático de
personajes que tienen temor abandonar su estatus privilegiado. No así, el
príncipe constante, Lluís Homar,
cuya presencia es el latido central de todo el montaje.
Hay que atender a la voz, al
texto impecable del gran Calderón de la
Barca, a la poesía que emana de sus versos, a la ética de la perseverancia,
a la grandeza del ánimo, a las palabras como eje principal de la interpretación
sin marco, trasfondo ni tramoya que distraiga de lo primordial.
Destacar, entre los actores de la Compañía de Teatro Clásico, aparte del mencionado Lluís Homar, a Rafa Castejón y a Arturo Querejeta, siempre a la altura visceral de sus personajes infinitos.
