Y por los intereses todo pierde su sentido. El cisma, (o la cisma), es decir, la escisión, la discordia, hace su entrada. En todas partes cuecen habas, en el seno de cualquier grupo hay desavenencias.
Y Calderón nos lo cuenta con la elegancia de su verso. Puede que se tomara ciertas libertades en contarnos estos sucesos, y que se los lleve a su terreno, pero para algo es el autor y está en su derecho.
¿Qué es más vital? ¿El destino o la libertad? Enrique VIII apuesta por la libertad que le da su cargo. Aunque tenga que andar cortando cabezas. Y le mueve, como hemos dicho antes, un interés personal y pasional, no de su gobierno. ¡Qué más le da que el Papa esté contento o que Lutero se muestre crítico! La pasión triunfará sobre la razón. Y la pasión generará violencia. Y como todos buscaban intereses egoístas todos pierden. No triunfará nadie.
Tan solo triunfa este montaje acertado por varios motivos. El primero, rescatar un texto de Calderón poco conocido y representarlo con la fuerza y elegancia que siempre sabe imprimir la Compañía de Teatro Clásico.
Ignacio García, como director, aun a pesar de no ser un texto sencillo, donde hay, (sobre todo en el primer acto), mucha palabra y poca acción,
ha sabido dotarle de la angustia necesaria y las expectativas de encontrarnos un buen clásico en las tablas. La estética de la escenografía es interesantísima. Esos cuadros tan realistas que hasta respiran, las paredes que se caen, los golpes que vaticinan malos presagios. La música barroca como adorno necesario. Y la interpretación de Sergio Peris-Mencheta de ese rey atormentado y furioso, de Joaquín Notario, quizá excesivo pero ¿qué alto cargo del clero no lo era en aquella época? Mamen Camacho como Ana Bolena más ambiciosa que lasciva. Pepa Pedroche, la reina Catalina, bien contenida como su personaje exige, un inmenso (sin segundas intenciones) Emilio Gavira en el rol de Pasquín del que no podemos apartar la atención, y Chema de Miguel y Sergio Otegui perfectamente imperturbables en sus cargos porque nadie les ha autorizado a lo contrario.
¡Larga vida al buen teatro!