La vida en una vía muerta. Ante un sauce sin hojas. Solo la
luna se hace grandiosa.
Esperanza en la desesperanza. Ojos ciegos y palabras. Muchas palabras. Pero también silencios.
¿Quiénes son Vladimir y Estragón? Podrían ser vagabundos. No, los vagabundos vagan y no vuelven cada tarde a esperar si alguien puede ayudarlos. Podrían ser payasos. La pareja cómica, el augusto y el que no quiere ser listo. O el Gordo y el Flaco, o Chaplin y Keaton o, si Beckett los hubiera conocido, Tip y Coll. O dos amigos que se necesitan porque están terriblemente solos y aún mantienen las ilusiones en algo que ya ni siquiera ellos creen.
Los zapatos quedan pequeños, pero seguiremos usándolos
porque no tenemos nada más. Porque tampoco tenemos nada que perder. Pero hay
que matar el tiempo. Ese tiempo siempre igual, que pasa sin darnos cuenta y, de
repente, ya han transcurrido cincuenta años. O dos actos, los de la obra de Samuel Beckett, o un tren que no se
cogió en su momento. Sí, pasarán ante ellos, ante nosotros, los que comen
pollo, los que creen que hacen un favor teniendo a otro sometido, los que nos
impiden pensar porque eso es peligroso. Y seguirá habiendo mensajeros que nos
digan, espera, porque si no es hoy, será mañana. Pero no es cierto.
Godot no vendrá. Godot es omnipresente o no existe. Godot es
el tedio, lo que no ocurre, la excusa para el inmovilismo, la sangre que bombea
el corazón pero siempre hace el mismo recorrido, Godot es la cuerda que no
tienen para ahorcarse.
Beckett lo consigue. Consigue que nos plateemos su obra como
un debate, repetitivo, donde pasa siempre lo mismo porque siempre hacemos lo
mismo. El director, Antonio Simón,
lo consigue, porque extrae toda la esencia del texto a través de los actores, y
nos hace creer que están vivos. Los actores, ¡benditos actores!, lo consiguen.
Unos inmensos Alberto Jiménez y Pepe Viyuela que transforman a sus
personajes en un dúo humano perfectamente acoplado, en una pareja artística tragicómica,
en dos filósofos desnutridos y que pasan hasta de pensar, en dos desvalidos con
una gran categoría humana, en dos ángeles caídos convertidos en espectros de sí
mismos.
Y el resto del elenco, también magnífico. Grande Fernando Albizu, de presencia y de
esencia, tierno y arrogante, despótico y sumiso. Y, no menos imprescindibles, Juan Díaz, en un monólogo aplaudido
sobre el tratado de la identidad del yo o el conocimiento humano, o ¡vaya usted
a saber!, junto con Jesús Lavi, que
es el que nos indica que sí, que Godot existe, porque pega a su hermano y envía
recados.
Dos horas de paralelismo con la situación actual. ¿A qué
esperamos? ¿Podemos seguir en esta tesitura de vivir aislados y esperar a que
vengan a decirnos cómo hacemos, mientras alguien pasa con un látigo en la mano
increpándonos, pero diciendo que hagamos lo que queramos?
Esperando a Godot, siempre esperando.