Llevar a escena la gran obra e Goethe no es nada fácil, como es el texto en sí mismo. Pandur, tiene en su versión y dirección momentos álgidos y escenas planas. Por un lado consigue esa opresión, ese simbolismo extremo y vital que da la búsqueda del yo como demiurgo.
Perfectos los monólogos de Fausto, magistralmente interpretados por un atormentado Roberto Enríquez que se crece cuanto más hundido se halla. Los cuadros plásticos del resto de los personajes, esas instantáneas de una familia que no es tal atrapadas en un tiempo detenido, o esos ayudantes cíclopes, testigos mudos de desgracias deshumanizadas. La carrera de los personajes no avanzan, el ahogamiento de Margarita y su propio hijo, personajes que no van buscando un autor sino su propia identidad, las entrañas de su voluntad de existir y para qué lo hacen. Por otro lado, las referencias teatrales a la propia puesta en escena, como si el público necesitara unas explicaciones más didácticas de la obra no son en absoluto necesarias. Los tonos rojos de la sangre, del corazón, del veneno, de la pasión en medio de las neblinas, de la oscuridad interna de un edificio humano en construcción atrapan los sentimientos y emociones sin dejarlos salir plenamente.