Gruyère es un queso que
se caracteriza por su sabor y por sus agujeros. Esos agujeros que no son nada,
pero que le den una peculiaridad especial. Comiendo queso gruyère no sabemos cuántos agujeros de nada nos comemos.
De nada está el mundo lleno, por
otro lado. Cuando decimos “nada” es una forma de eludir ciertos momentos: ¿Qué
te pasa? – Nada. ¿Qué ha ocurrido? – Nada. – No somos nada. De la nada venimos,
a la nada vamos. De dónde no hay no se puede sacar nada. Y así sucesivamente.
Y, sin embargo, en Gruyère
de Alfonso Mendiguchía,
comenzando por la nada se vuelve a la nada, pero en medio, queda una obra
fresca, real, vigente, divertida y amarga, donde el ser humano anodino y sin
mala conciencia se queda sin nada en esta sociedad de codicia y ambición, de
zancadillas y patadas, de envidias y celos, de medrosos y sin escrúpulos, de
retorcidos y torticeros.
La lucha diaria es una angustia
cotidiana. Salir del atolladero, con los plazos de las deudas pendientes, con
la sensación de que nadie puede ayudarnos, con la angustia vital de caer en
desgracia. Ser humanos frente al poder del dinero.
Pero aún hay buenas personas.
Gente que tiene buena conciencia y discierne entre el bien y el mal, cuando lo
habitual es que la conciencia moral se diluya en la búsqueda del triunfo
pasajero o de quedar por encima de los otros.
El texto, interpretado por el
propio Alfonso Mendiguchía y Patricia Estremera, bebe de las fuentes
clásicas barrocas y se transmite en verso, y suena melódico, rítmico, mágico,
ágil, emocionalmente perfecto. Los dos actores interpretan varios personajes
con la cercanía de los que saben lo que están haciendo. Dirigidos por César Maroto, con cuatro elementos
escenográficos bien resueltos, personifican esta pareja de inocentes y
desvalidos ciudadanos que solo se tienen a ellos.
Parece mentira que nos podamos
reír de esas situaciones de angustia y de caída hacia el fondo. Pero la obra
está tan bien estructurada y escrita, con escenas cortas, con desparpajo y
soltura, que hacen que los queramos por sus penalidades y falta de arrojo. Como
en la comedia del siglo XVII, mientras nos van desgranando las penurias de los
protagonistas en un sistema no apto para perdedores y vencidos y, al tiempo que
van creciendo en humanidad se meten cada vez más en esos agujeros de pozo sin
fondo.
Y lo bueno de todo, es que nos
queda saber que, aunque pierdan, ganan. Ganan en amor y humanidad, en
conciencia tranquila, en ser buenas personas que, en definitiva, es lo que
queremos todos. Claro, todos los que lo somos.