Jhonny Byron, el personaje de Jerusalem,
es un gigante. En su personalidad y forma de vivir caben muchas vidas, muchos
otros personajes. Es un ser múltiple. Respira con impulsos. Podría decirse que
huye hacia adelante. No se amilana, nunca se seca, su sangre viene de las
raíces de la tierra, pero también es viento, calor y frío, creencia. No busca
soluciones, no espera nada, solo reacciona a lo que considera impermanente,
porque nada queda. Atrae sin que él lo pretenda. Vive sin tener que dar cuentas
a nadie, es la fuerza. Nació, según él, ya con dientes, con un cuchillo y una
capa negra. Viene de la estirpe de los viejos irredentos del mundo, y aunque
pueda parecer que se autodestruye, crea.
Podría seguir desglosando dolor y
versos de este poeta maldito que no hace poesía. Llenar páginas enteras de este
antihéroe que no cava su propia fosa, sino que hace que los árboles crezcan.
Este personaje creado por Jez Butterworth, en un texto de enorme
envergadura, dislocado e irreverente, transgresor y fuera de la norma. En su
historia hay múltiples referencias que le vienen a uno a la cabeza. Valle
Inclán, Viridiana, el bosque de El sueño
de una noche de verano, el folclore inglés y las fiestas, la bebida, la
soledad de vidas anodinas y que necesitan de su presencia, la del personaje
protagonista, magistral y creíblemente interpretado por un gigante como Pere Arquillué.
Pero no terminan las semejanzas,
está Bukowski, don Quijote, Orson Welles, y Lord Byron lógicamente, Artaud,
claro William Blake, Kurt Cobain,
Jack Kerouac,… pero no imita, se crece, forma parte de una generación que no
piensa en hazañas, sino en historias inventadas, en viajes de la mente, en
poner a prueba su cuerpo y saber que no hay limitaciones.
Jerusalem es un hallazgo.
Es una fiesta perenne. Es un drama perpetuo. Es un grito de libertad y un
susurro de impotencia. Es una pesadilla que no angustia. Es el anarquismo, una
obra de teatro que no apela a la tristeza, sí al ambiente cerrado que asfixia y
por eso uno de los personajes tiene que marcharse, es el silencio ahogado por
la música estridente, pero es el himno de Blake, “Tráeme mi arco de oro ardiente, tráeme mis flechas de deseo…”, es
el romanticismo de parias y desheredados, de habitantes sin norte que no se
mueven.
Todos los actores, absolutamente
todos, están inmensos en sus roles de desesperación disfrazada de “viva la
vida”, y el director Julio Manrique
los mueve con sabiduría, en un desenfreno estudiado y con una poética de
aguijón, de ascuas encendidas. Grandísima puesta en escena que aconsejo que no
pase desapercibida.