Lo que puede salir mal, seguro
que aún puede salir peor. Y, sin embargo, esta Función que sale mal,
sale estupendamente. ¡Qué contradicción!
Paradojas del teatro. Ya desde el
principio hay cierto caos. ¡Bendito caos! Que si las localidades no son estas,
que si se ha perdido un perro, que si no habéis visto a José Luis Perales,…
¡Qué bonito y bien plantado está
el decorado! Promete esta función. Así nos lo hace saber el primer actor, Héctor Carballo, que nos anuncia que la
obra de la compañía Cornley Polytechnic
Drama Society, no será como las
anteriores, que fueron un desastre. El que una puerta se abra cuando no debe y
no se abra cuando se intenta, es solo una cuestión técnica. Se solventa
saliendo a escena por entre los telones de las cajas. ¿Quién da importancia a
esa nimiedad?
Que luego el muerto esté muy
vivo, que los personajes no dejen de mirar al público, que algún elemento de la
escenografía se descuelgue, eso son problemas de la inmediatez y el directo del
teatro. Todos lo entendemos. Y además, la historia se va desarrollando por los
cauces más o menos establecidos, Murder
at Haversham Manor, misterio, asesinatos, inspector sagaz y, en medio,…
Bueno, pues en medio es cuando
nosotros nos reímos a mandíbula batiente, que no sé qué significa, pero sí que
no paramos de ver desastres, desajustes, golpes, equilibrismos, personajes
increíbles, tramoyistas actores, perros invisibles, bibliotecas que se giran,
ascensores que se caen, primeros pisos que se caen, cuadros y repisas que se
caen, intercomunicadores que se caen, guiones que se caen, puertas que se caen,
paredes que se caen, la función que se cae, entera, literalmente. Aquí nadie da
pie con bola, y ¡lo bien que nos lo pasamos asistiendo a una ruina de función,
que es una gran función!
De ritmo frenético e imparable,
la dirección corre a cargo de Sean
Turner, con David Ottone (Yllana) como
garantía. Y todo el elenco está que se sale. Se sale del escenario, del papel,
del texto, de la cuarta pared, de los cánones teatrales dramáticos, y nos
ofrecen, (creo que ellos no lo saben), una comedia memorable, más allá de las escenas
míticas, por ejemplo, de los hermanos Marx. Me encantó cuando uno de los
personajes nos espeta y nos recrimina que no debemos reírnos, que es una
comedia seria; que además, esto no es como en televisión, que aquí se oyen los
comentarios, y nosotros, ante eso, no podemos dejar de reír.
El función se vendrá abajo, como
en La comedia sin título, pero aquí
comedia absoluta, sin fuego, con mucho humor, como desengranaje que habrá que volver a montar y representar
bien si quieren que la función vuelva a salir mal.