Pues tienen razón. No te creas
nada de lo que te cuentan, o al menos ponlo en entredicho. Cuestiónalo,
pregúntate si no será mentira, o estará maquillado, o serán falsas verdades.
Porque nada es lo que parece o lo que parece puede ser otra cosa y, en definitiva,
para eso están la ficción y la imaginación que cada cual quiera echarle.
Pero, ¿a qué viene todo esto?
Pues que he asistido, realmente, a
una loca historia, no sé si de
Ben-Hur, o de Judá o de Ben-Jur o de Cristo o de Jesús o de Yavé o de romanos y
judíos o de latinos (por La Latina)
o de madrileños que somos poquitos, o de teatro o de cine o de risa o de La
Biblia.
Ingenio es lo que hay. Y talento.
A raudales. Desde el texto, magníficamente unido, relatado, construido,
contado, de Lewis Wallace y Nancho Novo
que le da una vuelta, o dos, o tres, a la historia tan conocida por repetida, que
la admitimos como real. Pero su pluma, (la de escribir, que no sé si tiene
otra), retuerce el retruécano dándole la vuelta y nos sirve una comedia
intrépida y muy divertida, llena de gags y de guiños, repleta de sabiduría y
cultura, (no se asusten por estas palabras tan sesudas y temidas, (la cultura
no se come a nadie, paréntesis sobre paréntesis)), y nos traslada a una época
histórica que creemos conocer y ni p… idea.
Para ello, colaboran con su
sentido del humor tridimensional, los de Yllana
en la dirección y producción que juegan, se divierten, imprimen ritmo,
interactúan con el público, manchan las paredes (figuradamente, “niño, eso no
se hace”), se ríen de su sombra y nos lo hacen pasar de historia (suspensa).
Cuentan para ello con un elenco
en el corazón y en el escenario, entregados, desbordantes, simpáticos, niños
revoltosos, salidos de madre (que no les hace falta), y encima, unos de otros,
(no, perdón), encima bien coordinados, cómplices, inspirados por trabajadores y
bien preparados. Agustín Jiménez, (no puedo evitar equipararlo con el gran Cassen),
cada vez que lo veo me sorprende más, llena con su sola presencia el escenario
y lo borda el tío como si estuviera comiendo caramelos. Elena Lombao y María Lanau, reivindicativas, sensuales,
entusiastas, magníficas, imprescindibles. Víctor
Massán y Fael García, que son, hacen, están, y todos los verbos de acción
dramática cómica con la soltura del buen hacer sin tiquismiquis. Y Richard Collins-Moore, ¡dios!, poeta,
cantante, centurión, rey, lo que quiera con desparpajo y simpatía a borbotones.
Todo ello en Teatromascope, es decir, escenografía en imágenes con elementos
cinematógráficos y teatrales de siempre.
La loca, loca historia de Ben-Hur, si quieren pasarlo en grande, Ben-Hur a tope.