...Si alguien me estorba para mis objetivos, de una manera o de otra, me lo quito de en medio.
Por eso en este país no dimite nadie. Por eso en este país todo se justifica hasta que no queda más remedio. Por eso se niega todo. Por eso no importa pisotear al que consideramos un obstáculo. Pero eso no les hace más felices. Más ricos, puede. Más poderosos, también. Pero, al mismo tiempo, se van quedando solos. Y queremos creer que les remuerde la conciencia y los fantasmas, los espíritus, los recuerdos de aquellos que afrentaron se les aparecen y no les dejan conciliar el sueño. Y pierden el sueño porque temen perder su estatus y posición. Y nunca pueden lavarse las manos, siempre aparece una gota de sangre que no les permite olvidarse de sus delitos. Y aunque les venzan nunca se ven derrotados.
Morirán creyendo que lo que hicieron tenía su justificación.
Y la historia se repite. Demasiado a menudo. Constantemente. En todos los ámbitos. Quizás no haya muertos, pero hay perjudicados. Quizás la tragedia sea el desahucio, la pérdida de un tratamiento médico, de una asistencia social, la negociación de una pequeña beca, el aumento de las horas de trabajo inversamente proporcional al salario que se gana, el derecho a protestar, el empobrecimiento generalizado mientras Los Mácbez se enriquecen.
Y unos relevan a otros, y el mundo gira pero no les hace vomitar, y, en última instancia, aquello se limpia, aunque queden después los despojos.
Andrés Lima crea un espacio aparentemente inocuo. Blanco. Aséptico. Como de quirófano de hospital, o de habitáculo de trastornados mentales. Para que no puedan hacerse daño.
Pero el daño está en ellos mismos. El odio está en ellos mismos. La codicia está en ellos mismos. No hace falta salir a buscarla fuera.