Poesía y teatro, cadencia y ritmo
pausado, literatura y barroco, una historia de amor, un drama pasional, lucha y
muerte, sensibilidad y arte, celos y poder.
El lenguaje de Luis Vélez de Guevara en Reinar
después de morir es espléndido. Estrellas rutilantes que se deslizan
sobre el escenario. La pasión se elevará hasta esas estrellas, descansará en el
río, abrirá ventanas. El viento en forma de voz cantada, rayos de sol cuando
los enamorados se hablan. Los días acabarán en tragedia, pero aún después puede
volar y florecer la reina del agua.
Tanto empecinamiento en hacer lo
que es debido y no atender a la llamada de los enamorados que reivindicarán su
condición de amantes más allá de cualquier traba.
Pepa Pedroche dirige con delicadeza esta historia de no huída, esta
escarcha invernal de fuego en los corazones. Con el diseño de la puesta en
escena de Ignacio García y la
escenografía de José Manuel Castanheira,
los personajes se mueven ralentizados en un espacio donde lo único que se queda
fijado son los dardos de los celos porque los sueños no pueden quedarse
estáticos.
Un elenco, el de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y en
coproducción con la Compañía de Teatro
de Almada, portuguesa, que también deslizará sus palabras en la
interpretación sutil de los versos magistrales de Vélez de Guevara en la
dramaturgia realizada por José Gabriel
Antuñano. Lentamente, el drama se va apoderando de Inés de Castro, Lara Grube, por mucho que el príncipe
don Pedro, David Boceta, quiera
imponer su criterio y su sentimiento. Todos los personajes en torno a ellos
crearán esa bruma espectral de tragedia y desolación. Manuela Velasco, María José Alfonso, (qué placer verla de nuevo en
el escenario)… y la espléndida voz cantada de Rita Barber.
Venir al teatro y salir con la
sensación de que lo hiciéramos por primera vez, no debería ser inusual.
Sorprendernos, sentir, palpitar con los actores y personajes, hace que el
teatro y nosotros sigamos vivos.