En la estela de los programas de cocina, tan de moda hoy en día, aunque hayan existido desde siempre, (claro, es lo que tiene comer, que hay que hacerlo a menudo),
llega este
Sinacio para invitarnos a conocer su acercamiento, más o menos experto,
a los fogones.
Y lo hace como cuando un amigo nos propone ir a comer a su casa.
- ¿Llevamos algo?
- No, no os preocupéis, yo lo pongo todo.
- Pero, hombre...
- Nada, con vuestra presencia es suficiente. ¡Y no se hable más!
Y no se habla más porque Sinacio se lo habla todo él solo. Pero, eso sí, con mucho humor. Con mucho desparpajo, con mucha soltura, sin las estrecheces que tenemos los demás en las menguadas cocinas de nuestras casas. Él dispone de un inmenso mostrador, del atuendo pertinente, de la olla humeante, del frigorífico último modelo, y me atrevo hasta a decir que de los mejores productos. Y
lo acompaña su gorro y su delantal,
un admirado Groucho de gomaespuma que lo vigila, una cervecita bien fría, e incluso, un delantal de chica colgado para una pinche que no llega.
Y
como si estuviéramos en su nueva y flamante casa,
nos va contando sus anécdotas,
sus chascarrillos y, como somos sus amigos, hasta sus secretos más personales, que, logicamente, no se cree nadie. Mientras tanto dice que cocina y dice que hace y dice que dicen,
y nosotros reímos sus chistes, sus ocurrencias, sus experiencias, que son un poco las de todos y por eso nos tiene ganada la voluntad, y nos quita el hambre porque nos alimenta con el buen humor, nos engorda con la satisfacción de considerarnos sus amigos.