Que a pesar de estar ya en el avanzado primer cuarto del siglo XXI, o precisamente por eso, tengamos que ir a la búsqueda y captura de una ocupación digna, más o menos bien remunerada, que no nos obsesione hasta el punto de perturbarnos, que no nos veje, que podamos disfrutar o, como mínimo, que nos haga sentirnos útiles, debería producir sonrojo en los gobiernos, vergüenza en el sistema económico del país, planteamiento de soluciones a medio plazo.
Pero que las listas de desocupación de empleo (eufemismo de paro, que suena más estridente) fluctúen con trabajos temporales, se cubran con puestos rechazados por una inmensa mayoría y deban aceptarlo los desesperados (algo es algo), oferten (sí, ¿por qué no decirlo?) trabajos de mierda o basura o ridículos, se ha convertido en algo tan cotidiano que ya ni siquiera nos indignamos. Al contrario, la compañía La Calórica aprovecha el tema para sacarle rédito, humor, ironía, crítica, realidad. Y tienen mucho que contar.