Esta gente, por amor al arte y a la amistad-comunicación, saca del tiempo tiempo y sin dejar de ser los mismos luchan contra ellos mismos para ser otros.
Son
especialistas en pasar desapercibidos hasta que suben a un escenario con un público conocido nunca superior a cien y eso ya es un éxito. Son novilleros sin muleta porque siempre les toca torear reses corridas.
Son como peones del teatro que construyen los caminos por donde han de pasar los consagrados. Son cazadores sin licencia que furtivamente otean la pieza disparando solo con el ruido de la boca. Son sastrecillos valientes capaces de arrancarles las palabras a cualquier texto de reconocidos monstruos. Son malabaristas en la cuerda floja capaces de caerse y levantarse para volver a intentarlo.
Estos hombres y mujeres invaden los rincones cotidianos y ensayan en cualquier lugar insospechado. Dejan casa por horas, estudian sin obligación de exámenes, se disfrazan sin ser los carnavales, se sofocan, meten morcillas, se quedan callados, ríen en escena y lloran ante los aplausos familiares. Improvisan, se les olvida todo o no se lo aprenden nunca, no saben qué hacer con las manos, se les seca la garganta y hasta se permiten el lujo de no acudir a los ensayos. Pero, sobre todo, disfrutan, brindan por el éxito y por algo tan de todos como es el teatro.
Son valientes estos seres porque, sin complejos, son actores y artistazos; solo es cuestión de años representando. Lo principal ya lo tienen: ponen corazón, y si escuchan atentos, oirán cómo palpitan revolucionados.