Un tonto en una caja de Martín Giner clasifica al género humano en esas tres categorías. Los Pequeños, los trabajadores, aparentemente sin capacidad de raciocinio, aunque con memoria, deberán asumir las tareas de servicio, atender a los otros dos estamentos. Los Grandes, dedicados a investigar para que esta sociedad prospere y no se quede anquilosada. Y los Notables que, simplemente, viven la vida y, se supone, que la gobiernan y la controlan de invasores y otros peligros, con la ayuda de los Soldados. Es decir, un concepto medieval de una sociedad feudal.
Sin embargo, no todo es tan simple. Un Notable recibe una misteriosa caja con inquietantes vaticinios, y quiere comprobar si son ciertos o todo es una farsa. Para ello convoca a un Pequeño y a un Grande para que le ayuden en averiguarlo.
A partir de ahí, nada será lo que parece. Y ninguno será sincero con los otros, y cada uno intentará llevarse el poder omnímodo del sometimiento de los otros.
Macarena de Rueda, Pedro Segura y Vicente Miralles tendrán un enfrentamiento verbal e intelectual, utilizando todas sus malas y buenas artes, la retórica, el ingenio, el golpe de efecto, el engaño, el trívium de la educación medieval, dándole giros inesperados a la resolución del conflicto. Carlos Santos, sin alardes técnicos ni histrionismos exacerbados, marcará el ritmo sin pausa, y casi solo con la interpretación de sus actores nos presenta una comedia original y enrevesada, donde la duda será la protagonista y la codicia de poder y quedar por encima del otro el asunto de la historia.
Y al final, ¿quién es el tonto, o los tontos, que se quedan dentro de la caja?