Y, después, intentando enlazar una con otra, Federico Chueca vuelve con Agua Azucarillos y Aguardiente, con libreto de Miguel Ramos Carrión, para
acercarnos a las fiestas de San Lorenzo en el castizo barrio de Lavapiés.
El preludio ya nos hace desempolvar recuerdos de la subconsciencia y sus notas nos resultan familiares, mil veces oídas, asimiladas a través de nuestros padres, acervo cultural de radios y corralas, tradición de un género denominado chico pero ameno, costumbrismos pasados de moda pero populares, jergas, bailes, tópicos. Y
el público conoce las canciones, alguno hasta las tararea, y
no deja de sonreír por más que se conozca la historia como si fuera propia. Los barquilleros, las niñeras, y soldados, el gacho, el casero, el finolis, los vendedores ambulantes o titiriteros, la moza recatada y la madre carabina, la chulapa,... pueden parecer personajes de un pasado no muy lejano, pero precisamente por eso, los identificamos como nuestros, podemos sentir cierta nostalgia, aunque su simplicidad nos conmueva y nos produzca hilaridad emocionada.
Y si no estás de acuerdo,
"achanta el mirlo que te entrechino el ojerizo".