Alicia regresa al País de las Maravillas, pero esta vez el viaje conduce a un territorio mucho más cercano y reconocible: un mundo dominado por las apariencias, los mensajes incesantes, los falsos halagos y las ilusiones creadas por las nuevas tecnologías. Lo que antes parecía maravilloso se transforma en una trampa y la madriguera deja de ser únicamente la puerta hacia la fantasía para convertirse en un pozo de vanidades. Esta reinterpretación contemporánea del clásico invita al público a acompañar a una Alicia atrapada en una realidad en la que todo parece auténtico, aunque nada termina de serlo.
Una nueva Alicia en un mundo de apariencias
La historia parte de un personaje universal para plantear una mirada actual sobre la forma en que construimos nuestra identidad y percibimos aquello que nos rodea. Alicia se encuentra atrapada en un mundo, país o red donde las apariencias lo dominan todo. Los estímulos llegan constantemente, los mensajes resultan irresistibles y las promesas parecen estar siempre al alcance de la mano.
Pero detrás de esa apariencia de maravilla se esconde otra realidad. Los castillos de naipes, los halagos y las ilusiones artificiales construyen un escenario seductor que poco a poco revela su lado más inquietante. Alicia deja de controlar su propio viaje y pasa a estar detenida, esperando. La fantasía que debería ofrecerle libertad termina convirtiéndose en un espacio del que resulta difícil escapar.
Del País de las Maravillas al mundo digital
Esta adaptación traslada el imaginario de Alicia en el País de las Maravillas a un contexto marcado por las nuevas tecnologías. La madriguera adquiere así un significado diferente: ya no es solo el lugar que conduce a un universo fantástico, sino una puerta hacia una realidad artificial en la que las imágenes, las palabras y los estímulos pueden llegar a confundirse con la verdad.
La propuesta utiliza este universo reconocible para explorar cuestiones contemporáneas como la necesidad de aprobación, la fascinación por las apariencias y la dificultad para distinguir entre lo que somos y aquello que los demás esperan que seamos. Alicia se encuentra frente a una versión del País de las Maravillas que conoce muy bien cómo atraerla, entretenerla y mantenerla conectada, pero que también amenaza con hacerle olvidar quién era.
Una protagonista que deja de jugar
Uno de los aspectos más sugerentes de esta reinterpretación es la transformación de Alicia. La niña que observaba el mundo con curiosidad comienza a desaparecer poco a poco. Deja de jugar, de mirar por la ventana, de salir al jardín y de buscar nuevas aventuras. También abandona pequeños gestos cotidianos que formaban parte de su manera de descubrir la realidad.
Ya no dibuja con tiza en las aceras ni toca los timbres para salir corriendo. Deja atrás esa capacidad espontánea de jugar y experimentar para convertirse en la Alicia que su particular País de las Maravillas quiere que sea. El conflicto adquiere entonces una dimensión profundamente humana: ¿qué ocurre cuando dejamos de construir nuestra propia identidad para adaptarnos a una imagen que otros han creado por nosotros?
Un mundo lleno de estímulos y ausencias
La atmósfera del espectáculo se construye a partir de una contradicción constante. Alicia está rodeada de mensajes, imágenes, sonidos y estímulos, pero al mismo tiempo se siente sola. Por su lado pasan personas que no ve, pájaros que no ve y miradas que no consigue encontrar. La abundancia de comunicación no garantiza necesariamente una verdadera conexión.
Esta sensación puede trasladarse directamente al público, que se encuentra ante un universo escénico en el que lo visible y lo invisible conviven continuamente. La propuesta juega con la percepción y con la incertidumbre para generar una experiencia cargada de misterio. El espectador puede reconocer en el recorrido de Alicia situaciones y sensaciones propias de una sociedad cada vez más conectada y, paradójicamente, también más difícil de tocar de cerca.
El sonido que conduce hacia las Maravillas
En medio de esta realidad artificial, Alicia solo desea que suene un sonido: ese particular sonido gatuno capaz de abrir las puertas de las Maravillas y hacerle olvidar quién es. La búsqueda de ese sonido se convierte en una especie de llamada hacia otro lugar, una promesa de evasión y de regreso a un mundo en el que todavía puede sentirse libre.
El elemento sonoro adquiere así un papel simbólico dentro del viaje. Puede representar el deseo de escapar, la nostalgia por aquello que se ha perdido o la tentación de volver a sumergirse en una fantasía que, aunque seductora, también puede ocultar sus propias trampas. La tensión entre escapar y encontrarse atraviesa el espectáculo y mantiene abierta la pregunta sobre qué significa realmente regresar al País de las Maravillas.
Una experiencia escénica contemporánea
La reinterpretación de Alicia propone una experiencia que conecta la imaginación del cuento con los códigos de la realidad tecnológica actual. El resultado busca generar una atmósfera de fascinación e inquietud, en la que el público pueda dejarse seducir por un mundo aparentemente extraordinario mientras descubre progresivamente sus zonas más oscuras.
La puesta en escena encuentra en la tecnología una herramienta para ampliar el universo fantástico y acercarlo a las formas de percepción contemporáneas. La experiencia no se limita a reproducir el imaginario clásico, sino que lo transforma para hablar de una realidad en la que las fronteras entre lo real y lo artificial son cada vez más difusas.
¿Quién decide quién es Alicia?
Más allá de la aventura fantástica, esta propuesta plantea una reflexión sobre la identidad y la libertad. Alicia representa a una niña que corre el riesgo de perder su capacidad de imaginar, jugar y mirar el mundo con sus propios ojos. El País de las Maravillas que la rodea promete entretenimiento y reconocimiento, pero a cambio parece exigirle que renuncie progresivamente a aquello que la hacía ser ella misma.
El espectáculo invita al público a recorrer ese universo junto a Alicia y a preguntarse dónde termina la ilusión y dónde comienza la realidad. Una reinterpretación de un clásico que utiliza las nuevas tecnologías y la fuerza del lenguaje escénico para transformar la madriguera en un espacio contemporáneo de apariencias, deseos y engaños. Una experiencia para dejarse sorprender, pero también para recordar que, incluso en un mundo lleno de maravillas artificiales, conservar la capacidad de mirar, jugar y decidir quién queremos ser puede ser la verdadera aventura.