Todo esto sucede con la sencillez propia de un espacio íntimo donde varios animosos músicos se disponen a tocar. Pero... mientras ellos arropados por sus instrumentos se van convirtiendo en simples espectadores a pesar de que no son capaces de dejar de hacer sonar su instrumento, uno de ellos sin embargo, a cada pausa musical, sin darse cuenta y queriendo ocultar sus horas de silencio y soledad, deja salir su instinto de orador, y sin dificultad ninguna encuentra el asunto de su discurso, desarrollando una serie de ideas que gracias a su imaginación y espontaneidad parecen ser aprendidas desde largo tiempo; frases que resultan ser un constante anecdotario, un abanico de Glosas sobre Carlos V.
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