Una cruz, una DJ y un parque de extrarradio se convierten en el escenario de una historia sobre esas amistades que, sin compartir sangre, terminan formando una familia. Arantxa Cortés construye una pieza de dramaturgia contemporánea que mira hacia la adolescencia y la juventud para hablar de vínculos, identidad, recuerdos y pertenencia. Con una escritura cercana y una mirada capaz de combinar ironía, cultura popular y emoción, la autora valenciana propone un retrato generacional en el que la amistad entre hermanas elegidas ocupa el centro de la escena. El resultado es una experiencia teatral vibrante, reconocible y cargada de personalidad, surgida del VI Laboratorio Insula Dramataria Josep Lluís Sirera, que sitúa a Cortés entre las voces jóvenes más interesantes de la dramaturgia contemporánea.
Arantxa Cortés, una voz de la nueva dramaturgia
La trayectoria de Arantxa Cortés está vinculada a una generación de creadoras que entiende el teatro como un espacio para observar de cerca las experiencias que definen nuestro presente. Su escritura parte de lo cotidiano para encontrar conflictos universales, prestando especial atención a las relaciones, la identidad y las formas en las que construimos nuestra propia comunidad. En esta propuesta, la autora valenciana dirige la mirada hacia los años de adolescencia y juventud, una etapa marcada por el descubrimiento, la necesidad de pertenecer y la intensidad de los vínculos.
El origen de la pieza en el VI Laboratorio Insula Dramataria Josep Lluís Sirera resulta especialmente significativo. Este espacio de creación y acompañamiento permite desarrollar nuevas voces dramatúrgicas y explorar lenguajes contemporáneos, y la propuesta de Cortés demuestra una clara capacidad para convertir una experiencia generacional en materia teatral. Su escritura combina naturalidad y potencia escénica, con una sensibilidad que permite que los personajes y sus relaciones ocupen el primer plano.
Hermanas sin compartir sangre
En el corazón del espectáculo está la amistad entre mujeres que no son hermanas biológicas, pero que han compartido años fundamentales de sus vidas. Su vínculo se construye durante la adolescencia y la juventud, en un parque de extrarradio situado bajo la presencia de una cruz. Ese espacio se convierte en testigo de conversaciones, recuerdos, descubrimientos y experiencias que terminan dando forma a una familia elegida.
La obra pone en valor esas relaciones que nacen lejos de los lazos familiares tradicionales y que, sin embargo, pueden alcanzar una profundidad extraordinaria. Son amistades que acompañan durante los momentos de cambio, que ayudan a definir quiénes somos y que permanecen en la memoria incluso cuando la vida obliga a tomar caminos diferentes. Cortés observa estos vínculos con una mezcla de ternura, humor y lucidez, evitando idealizarlos y mostrando también sus contradicciones.
Un parque como universo propio
El parque de extrarradio no funciona únicamente como escenario físico. Es el territorio emocional de las protagonistas, un lugar donde la adolescencia parece prolongarse y donde cada elemento adquiere un significado especial. La cruz que domina el espacio aporta una poderosa presencia simbólica, mientras la DJ actúa como una figura inesperada que introduce una dimensión musical y casi ritual en la experiencia.
Esta combinación de elementos cotidianos y referencias simbólicas contribuye a crear una atmósfera singular. El público entra en un espacio reconocible, pero progresivamente descubre que bajo su aparente sencillez se esconde un universo lleno de recuerdos, deseos y códigos compartidos. La música y la presencia de la DJ aportan ritmo y energía, convirtiendo el parque en un lugar vivo donde pasado y presente pueden encontrarse.
Una mirada generacional con humor y emoción
Uno de los grandes atractivos de la propuesta es su capacidad para hablar de una generación sin convertirla en una etiqueta. La adolescencia aparece como una etapa de descubrimiento y transformación, pero también como un territorio de contradicciones. Las protagonistas buscan su lugar, construyen sus propios códigos y encuentran en la amistad una forma de resistencia y de reconocimiento mutuo.
La escritura de Arantxa Cortés combina una mirada fresca con una sensibilidad que permite pasar de la ironía a la emoción sin perder naturalidad. El humor sirve para acercar al público a los personajes, mientras que los momentos más íntimos revelan la profundidad de unos vínculos construidos a lo largo de los años. Esa mezcla genera una experiencia cercana, capaz de despertar recuerdos en quienes han vivido relaciones similares y curiosidad en quienes se acercan a ellas desde otra perspectiva.
Una experiencia teatral para recordar
Asistir a esta propuesta supone sumergirse en un universo donde la amistad funciona como refugio, identidad y memoria. La atmósfera tiene algo de encuentro compartido: la música, el espacio y las relaciones entre los personajes crean una energía que conecta especialmente bien con el público. No se trata únicamente de observar la historia de unas jóvenes, sino de reconocer en ella emociones que pueden permanecer mucho más allá de una etapa concreta de la vida.
El resultado confirma el potencial de Arantxa Cortés como una de las voces prometedoras de la nueva dramaturgia y demuestra la capacidad de los laboratorios de creación para impulsar propuestas con una identidad propia. Su texto convierte un parque de extrarradio, una cruz y una DJ en el escenario de una historia sobre la amistad, la juventud y la familia elegida. Una obra que invita a recordar a esas personas que estuvieron a nuestro lado cuando todavía estábamos descubriendo quiénes queríamos ser y que demuestra que algunas hermanas no necesitan compartir apellido, ni sangre, para formar parte de nuestra historia.