Yo solo quiero irme a Francia: memoria, herencia y silencios que atraviesan generaciones
Yo solo quiero irme a Francia es una obra profundamente emotiva que invita al espectador a mirar de frente la memoria familiar y colectiva, explorando los silencios heredados y las huellas invisibles que el pasado deja en el presente. Escrita y dirigida por Elisabeth Larena en su ópera prima, la pieza propone un viaje íntimo y revelador a través de varias generaciones de mujeres unidas por una historia que nunca fue contada del todo. Su paso por el Negufest se presenta como una oportunidad única para descubrir un espectáculo de gran sensibilidad, capaz de conmover y generar reflexión desde la honestidad y la emoción contenida.
Una historia que nace de una herencia inesperada
La trama arranca con un hecho tan cotidiano como desconcertante: Inés asiste al velatorio de Pilar, una mujer a la que no ha conocido nunca y que, sin previo aviso, le ha dejado su casa en herencia. Este gesto inesperado abre una grieta en la aparente normalidad y da inicio a un encuentro crucial entre Inés y Leo, la nieta de Pilar, que tampoco sabía nada de esta decisión.
A partir de ese momento, ambas se ven empujadas a compartir preguntas, recuerdos y sospechas. La casa heredada se convierte en un espacio simbólico donde afloran secretos enterrados durante décadas. Lo que comienza como un trámite extraño se transforma en un proceso de descubrimiento que conecta pasado y presente, obligando a las protagonistas a mirar hacia atrás para entender quiénes son y de dónde vienen.
El peso de la memoria y las heridas del pasado
Yo solo quiero irme a Francia profundiza en la infancia de Pilar durante los últimos meses de la Guerra Civil y en su juventud marcada por la Sección Femenina. Estos episodios históricos no aparecen como simples referencias, sino como experiencias vitales que condicionan decisiones, silencios y relaciones familiares durante generaciones. La obra plantea una pregunta central: ¿cuánto pesan las herencias emocionales, esas que nadie reclama pero que determinan la manera en que sentimos, amamos y callamos?
El texto pone el foco en aquello que no se dijo, en el mandato de “oír, ver y callar” que se transmitió de madres a hijas como una forma de supervivencia. Ese eco del pasado, aunque aparentemente ajeno, sigue vivo en las protagonistas, revelando cómo la historia colectiva se filtra en lo íntimo y lo personal. La dramaturgia avanza con delicadeza, permitiendo que el espectador reconstruya el relato a partir de fragmentos, recuerdos y emociones compartidas.
Una creación íntima con mirada contemporánea
El proceso de documentación de la obra se entrelaza con las propias memorias de su autora y directora, Elisabeth Larena. Memorias que no vivió directamente, pero que pertenecen a la historia de su abuela y que, de algún modo, forman parte de su identidad. Esta conexión personal dota al espectáculo de una autenticidad especial, convirtiéndolo en un ejercicio de memoria viva que dialoga con el presente.
La puesta en escena se construye desde la contención y la sensibilidad, dando espacio a las palabras, a los silencios y a la emoción sin artificios. La obra no busca respuestas cerradas, sino abrir un espacio de reflexión compartida con el público, invitándolo a reconocer sus propias herencias emocionales y a cuestionar aquello que se ha transmitido sin nombrarse.
Un reparto que sostiene la emoción
El elenco está encabezado por María Galiana, cuya interpretación aporta profundidad y humanidad a un personaje marcado por el peso del pasado. Junto a ella, Nieve de Medina, Alicia Armenteros y Anna Mayo completan un reparto que destaca por su solidez y su capacidad para transitar registros emocionales complejos con naturalidad y verdad.
Las interpretaciones construyen un entramado de relaciones creíble y conmovedor, donde cada gesto y cada palabra resuenan más allá del escenario. El trabajo actoral es clave para que el espectador sienta la cercanía de la historia y se vea reflejado en las dudas, los silencios y las decisiones de los personajes.
Una experiencia teatral que deja huella
Yo solo quiero irme a Francia es una obra que se instala en la memoria del público mucho después de que caiga el telón. Su capacidad para abordar temas complejos con sensibilidad y elegancia la convierte en una propuesta imprescindible para quienes buscan un teatro que emocione y haga pensar.
Asistir a esta función es aceptar una invitación a escuchar los ecos del pasado, a reconocer las herencias invisibles y a preguntarse qué hacemos hoy con aquello que nos fue transmitido en silencio. En el Negufest, esta historia encuentra un espacio idóneo para desplegar toda su fuerza emocional y reafirmarse como una experiencia teatral honesta, profunda y profundamente humana.