Cristián es un tipo con cierto éxito. Podríamos decir que con un éxito superficial. Es un famosete de segunda, gracias a su trabajo como presentador en un latenight con poca audiencia. Cae bien, es carismático, divertido... Pero eso no es suficiente para llamar la atención de Maggie, su amor de juventud, con la que se reencuentra después de muchos años. Impulsado por el deseo de gustarle y convencido íntimamente de que en realidad él da para más –que puede hacer algo más interesante, o más profundo, o más importante– decide dar un giro a su vida y sacar su verdadero talento. Pronto encuentra su oportunidad. Sin embargo, cuando tras unos primeros pasos exitosos como showrunner se pone a hacer un proyecto verdaderamente comprometido consigo mismo se da cuenta de que tal vez su talento no sea tanto.
Máximo, en cambio, es un hombre inmensamente talentoso. Inteligente, culto, comprometido con sus principios. Pero de carácter difícil. O más bien, incómodo para los demás: recto, independiente, intransigente con la mentira. Ha salido rebotado de todos los lugares en los que ha estado. Su capacidad le ha permitido destacar como cronista, crítico, profesor, reportero de guerra... pero en todas partes ha chocado con los intereses y los egos de quienes estaban en posiciones de poder. Pese a todo su talento, nunca ha gozado de una verdadera oportunidad.
Cristián, atascado en su intento de sobresalir, pide ayuda a Máximo, pero sólo consigue frustrarse más. Si antes sus ideas no le llenaban, ahora al lado de las de Máximo le parecen detestables. Su talento es inexistente. Abrumado por la presión de cumplir las expectativas de la cadena y de Maggie, termina plagiando una idea de Máximo. Y ésta sí genera entusiasmo. Y admiración. Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo, Cristián decide ser honesto y usar su posición para darle a Máximo la oportunidad que nunca ha tenido. Entonces se descubre que Máximo tiene un deterioro cognitivo en estado muy avanzado, lo que le niega de nuevo a Máximo ese camino y deja a Cristián con una oportunidad que en realidad no es suya.
Con el ánimo de hacer un tipo de teatro comprometido con los conflictos éticos y sociales, que pone en primer término la historia y la palabra y que se apoya en la convención teatral y en la interpretación como puntales maestros para construir su discurso escénico, Antonio C. Guijosa nos brinda este magnífico texto, con tintes autobiográficos, que nos recuerda a la historia de Cyrano de Bergerac.