Cumplir años es entrar en esa etapa de la vida en la que tu cuerpo empieza a tomar decisiones sin consultarte. Tú quieres levantarte del sofá; tus rodillas convocan una junta extraordinaria. De pronto ves el mundo con una perspectiva más serena, que es una forma elegante de decir que ya no entiendes nada.
La gente joven "farmea el aura", como si Chiquito de la Calzada no llevara décadas con la cosecha hecha. Y uno solo pide una tregua tecnológica: cinco años sin dispositivos nuevos, por favor. Apenas aprendes dónde está la linterna del móvil y ya te cae una actualización que cambia todo de sitio, por tu bien, naturalmente.
Este es un monólogo para que quienes pasan de los cincuenta se reconozcan y para que los jóvenes entiendan lo que se les viene encima. Porque puedes vestir moderno, hablar con siglas y fingir que sabes qué es un NFT, pero todos llevamos un viejo dentro. Algunos, además, ya le han dado las llaves de casa.
Que paren el mundo, sí; pero despacio, que bajarse en marcha ya no es una opción.
UN PAYASO EN EL CONGRESO
Este no es un monólogo sobre política. Nada más lejos.
Pero ¿alguien se imagina alguna fuente de inspiración más fecunda para un cómico que pasar tres años siendo una de sus señorías en el Congreso de los Diputados?
Con humor, con mucho humor, y con no poca dosis de nostalgia, sumérjanse con mi escafandra en las procelosas aguas de la política nacional. O de una parte de ella.
Esto no es un monólogo sobre política.
Es sobre un payaso que guardó por un tiempo su roja nariz en la mesita de noche para dedicarse a eso que llaman la "Cosa pública".
Les contaré parte, para todo necesitaría semanas, del camino que anduve para llegar a ser, con toda la seriedad que fui capaz de encontrar bajo la cara blanca, "Un payaso en el Congreso".