Un autobús inmóvil te invita a hacer un viaje por los anhelos de sus pasajeros.
Masco chicle mientras un niño patea el asiento de enfrente, un adolescente juega ansioso con su móvil y una mujer mantiene una conversación casi a gritos. Ninguno ha visto entrar a Paquita, la anciana del 3º, nadie cede su asiento, el autobús se mueve mientras ella busca un lugar donde no molestar.
Todos vivimos absortos por la rutina, mirando por la ventanilla, inmersos en las profundidades de nuestros pensamientos que poco a poco han impregnado el tapizado de los asientos de la línea 13.
Ahora estos asientos despiertan para transportarnos a un universo imaginario donde nuestros deseos se cruzan y nuestras obsesiones dialogan con las ensoñaciones del resto de viajeros construyendo un lugar común.
¿Cuándo lo personal se convierte en público y colectivo? ¿Debemos pausar nuestro Spoty y mirar a nuestro alrededor? ¿Estamos más acompañados con nuestra pantalla que rodeados de gente?