āSolo cuando estuvimos juntos entendimos lo que era la soledad
Como hijos de su tiempo, los nacidos en la era digital, asisten a un escenario inestable y convulso que los enfrenta (y nos enfrenta) a un proceso de deshumanización y de aislamiento, para el que la solución mÔs exitosa parece ser un blindaje individual, la creación de una identidad diferenciada o de una marca personal.
Somos mĆ”s que nunca un producto a la venta y la juventud es el valor mĆ”s codiciado. La contemporaneidad arrasa los cuerpos frĆ”giles, desmiembra a los mĆ”s vulnerables, deshecha a los inadaptados que se debaten (nos debatimos) entre la posibilidad de rebelión o la docilidad. En esa contradicción, que es una lucha constante e incierta, surge la necesidad del otro, la comprensión, la empatĆa, la compasión y el amor como recurso urgente.
Planteamos una propuesta que viaja desde el trance de la repetición a la fascinación por la sucesión de imÔgenes. ImÔgenes robadas del ayer y lanzadas al mañana, del ahora y embadurnadas del pasado, de la plÔstica contemporÔnea a la forma atÔvica, terrenal, en un constante cruce de tiempos y de lenguajes.
El despliegue de una danza pasional que encuentra su sentido mÔs puro en la repetición y en la catarsis: Bailar hasta la extenuación, ladrar hasta el abatimiento, vivir hasta el desfallecimiento. El relato del hombre que se contempla en el otro para encontrarse a sà mismo.